Los reos habían planeado la revuelta para que los guardias dirigiesen su atención hacia el ala sur del recinto penitenciario. Es momento de irme —se dijo Fresita lleno de esperanza—. Wemilere lubeo oba oyo. Una buena amiga, mujer del líder notable de la cárcel, hizo llegar unas armas de forma clandestina. Se formó el motín. Es la cárcel de Puente Ayala, Barcelona, Estado Anzoátegui, Venezuela. Los convictos empezaron a vociferar largos insultos, eran las cuatro de la madrugada y él sabía que se iba a Chile.
—¡Disparen!—Vociferó un Sargento al mando—. Bajen a esos reos de la torre, decomisen las armas y lo que tengan, ¡Disparen a matar!
Se escapa uno! ¡Disparen a la escalera! ¡Mátenlo!
¡Pop! ¡Ra-ta-ta-ta-ta! ¡Booommm!
Fresita es un sujeto alto, de tez negra, corpulento, vestido de pantalones camuflados, lleva cadenas en su cuello y un tatuaje de calavera color verde y rojo en su brazo derecho: “all cops are bastard”. Fresita, de 34 años de edad, estaba procesado actualmente por homicidio en primer grado y antes ya tenía acusación Fiscal por tráfico de estupefacientes y violencia de género, todo un currículum vitae. El Zambo Fresita llegó a lo alto del paredón trepando la escalera que se tambaleaba, saludó con algarabía a sus camaradas quienes desde una azotea le cubrían la fuga. Alzó el fusil Kalavnikov, disparó unos metrallazos contra los guardias, hiriendo a varios y matando a uno certero al pecho.
La gente se agachaba y se metían corriendo intimidados a sus casas. Salían asomadas por ventanas algunas muchachas en sostenes, curiosas por tanto alboroto. Muchos sabían que el fresita se iba a dar a la fuga porque tenía cierta información pecaminosa que podría señalar a Gobernadores y directores de la cárcel.

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