Fútbol Penitenciario
Los guardias del Penal irrumpieron en los pabellones con el nuevo convicto. Era un sujeto regordete, de baja estatura cuyos ojos estaban amoratados.
—Vean
lo que les traemos hoy, señoritas—dijo Williams con una sonrisita cínica—, una
nueva compañerita para la
manada. Solo esperamos que no la devoren tan
rápido.
Los otros tres guardias se dispusieron a quitarle las esposas al antisocial. La mañana parecía tranquila, aunque sin pensarlo en el Penal de Puente Ayala la feria carnal se iba a encender cuanto antes.
—Violó a una adolescente de catorce años—comunicó el sargento Williams sin miramientos—. No pudo hacer otra cosa el bruto este, por más que los abogados lo defendieron metiendo falsas actas la Fiscal del Ministerio Público no lo perdonó.
Transcurrieron unas horas después de la inesperada presentación y al caer la noche lo habían rodeado en un espacio abierto del patio central del recinto. Los barrotes del Penal iniciaron un concierto de golpes y hurras cuya música desastrada causó pavor en el gordo David, a quien le quedaban pocas horas.
Apareció de improviso un tipo alto, de tez negra, de anchos hombros y piernas largas, se llevó su mano al cinto, observó al violador un instante, y bajó su mano al cierre de su pantalón para empezar a sacar su macana oblonga. Tras de sí, unos cinco sujetos hicieron acto de presencia junto a otros quince hombres sedientos de lujuria.
—Yo no quería hacerlo, no joda—gritó repentino el gordo David.
Los guardias se habían escondido tras los pórticos del Penal y estaban oyendo la escaramuza, y en una celda exclusiva tenían al más preciado e iracundo de los procesados cuyo legado Policial se centraba en haber ultimado al jefe de una famosa Organización Criminal que años antes se estableció en el alto llano de Venezuela por el Estado Guárico. Era un jefe tan exclusivo que en su celda tenía ciertas comodidades que los demás presos jamás podrían obtener; sin olvidar que de vez en cuando el exclusivo recibía la visita estelar de la Ministra de Asuntos Penitenciarios de la Región. Ella misma en sus visitas para obras de caridad se metía en la celda del exclusivo y pasaba largas horas ahí con él.
—A jugar fútbol un rato, muchachos—les ordenó—. Seré el árbitro, nenas.
El
supliciado David estaba lleno de sangre por su retaguardia, gemía de dolor, sin
embargo, lo obligaron a jugar una
partida de fútbol con los muchachos que para el momento eran todos sus esposos y maridos a quienes por un año le
dieron la orden de lavarles la ropa y hacerles comida cuando ellos se lo pidiesen. Decía que le dolía, pero en la
cárcel no importa el tormento a la hora de
infligirle sufrimiento a un violador. Fue tan brutal el festín sanguinario que
finalmente, la voz del exclusivo terminó con la función:
—Le cortan la cabeza—ordenó el exclusivo con un vaso de ron en su mano.
Y como un rayo sediento de sangre después de lujuria el cuchillo fue colocado en la garganta del infractor cuyos perdónenme por favor no se oyeron en ningún cielo cristian
¡Track! ¡Up! ¡Juá! ¡Up! ¡Track!
Como pescuezo de gallina la sangre se esparció por el campo de fútbol penitenciario
mientras los reos lanzaban silbidos de vivas y hurras.
—Ahora cobren unos penaltis, hermanitos—les dijo el exclusivo con una risita demoníaca.
Varios celulares empezaron a filmar el asesinato de asesinatos cometido por criminales desalmados hallándose en pleno edén infernal.
RESOLUCIÓN N° 1843-2021/DDA-INDECOPI

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